jueves, 23 de abril de 2026

Cuando la enfermedad cambia de rostro: de la peste al paciente moderno

Hubo un tiempo en que enfermar no era una experiencia individual. Era, más bien, una tormenta que caía sobre todos al mismo tiempo.

Claudine Herzlich y Janine Pierret proponen una idea potente: la enfermedad no es sólo un fenómeno biológico, sino una construcción social que cambia con la historia. Cada época tiene sus enfermedades emblemáticas, y con ellas, una forma distinta de entender el cuerpo, el sufrimiento y al propio enfermo.

La peste: cuando no había lugar para el individuo

Durante siglos, las grandes epidemias como la peste o el cólera definieron la experiencia de enfermar. No había tiempo para relatos personales ni para trayectorias clínicas: lo que importaba era la expansión del contagio, el número de muertos, el colapso del orden social.

En ese escenario, el enfermo como individuo prácticamente desaparecía. La enfermedad era colectiva, anónima, devastadora. Las ciudades se vaciaban, las familias se desarmaban y el miedo organizaba la vida cotidiana.

Por eso, las autoras hablan de “enfermedades sin enfermos”: no porque no hubiera cuerpos enfermos, sino porque no había espacio para pensarlos como sujetos.

Entre el pecado y la salvación

A esa experiencia se sumaba una interpretación profundamente religiosa. La enfermedad podía ser vista como castigo, prueba o destino. El foco no estaba en curar, sino en dar sentido: rezar, hacer penitencia, prepararse para la muerte.

El cuidado, en este contexto, no era técnico sino espiritual.

La tuberculosis: el nacimiento del enfermo moderno


Pacientes con tuberculosis del Hospital St. Thomas descansan en sus camas al aire libre junto al río Támesis, frente al Parlamento, mayo de 1936.
Fotografía: Fox Photos/Getty Images

El siglo XIX introduce un cambio silencioso pero decisivo. Con la tuberculosis, la enfermedad deja de ser una irrupción brusca y pasa a ser una presencia prolongada.

El enfermo ya no muere en días: vive durante años con su condición. Aparecen los sanatorios, los tratamientos largos, las rutinas de cuidado. Y con eso, algo nuevo: una identidad.

El enfermo empieza a existir como sujeto. Tiene tiempo, historia, vínculos, una biografía atravesada por la enfermedad. La medicina también cambia: observa, clasifica, acompaña procesos.

Ahí nace, en gran medida, la figura del paciente moderno.

Enfermedad y moral: el peso del estigma

En paralelo, enfermedades como la sífilis muestran otra dimensión: la carga moral. No sólo se enfermaba el cuerpo, también la reputación.

La enfermedad podía marcar socialmente, señalar, excluir. Algo que, con otras formas, todavía resuena en la actualidad.

El presente: vivir con la enfermedad

Hoy, las enfermedades crónicas como el cáncer o la diabetes configuran un nuevo escenario. Ya no se trata necesariamente de morir rápido, sino de vivir durante años con tratamientos, controles y cuidados constantes.

El enfermo no queda fuera de la sociedad: trabaja, estudia, sostiene vínculos. Pero su vida está atravesada por una relación continua con el sistema de salud.

La enfermedad se vuelve parte de la identidad.

Una idea para quedarse

Mirar la historia de la enfermedad es, en el fondo, mirar cómo cambia nuestra forma de vivir.

De la peste que arrasaba sin rostro, a la tuberculosis que dio tiempo al relato, hasta las enfermedades actuales que se integran a la vida cotidiana, hay un hilo común: no sólo cambia qué nos enferma, sino cómo entendemos lo que nos pasa.

Y ahí, en ese cruce entre cuerpo, sociedad y sentido, se juega también el trabajo en salud.

Porque cuidar no es sólo intervenir sobre un organismo. Es, también, comprender la historia que ese cuerpo trae consigo.


Bibliografía:

Herzlich, Claudine y Pierret, Janine. De ayer a hoy: construcción social de la enfermedad. En: Herzlich, C. y Pierret, J., Enfermos de ayer, enfermos de hoy. Buenos Aires: Nueva Visión.

miércoles, 22 de abril de 2026

De la domesticidad a la profesionalización: evolución histórica del cuidado enfermero

Hay algo profundamente humano en el acto de cuidar. Mucho antes de que existieran hospitales, diagnósticos o tratamientos, ya había alguien sosteniendo a otro, acompañando el dolor, intentando aliviarlo con lo que tenía a mano. El cuidado no nació en la ciencia: nació en el vínculo.

A lo largo de la historia, esa práctica fue cambiando de forma. Pasó de ser una tarea doméstica, casi invisible, a convertirse en un acto religioso, luego en un conjunto de técnicas subordinadas a la medicina, y finalmente en una profesión con identidad propia. Cada etapa refleja no solo avances en el conocimiento, sino también distintas maneras de entender qué significa estar sano, enfermar y, sobre todo, qué significa cuidar.

Este recorrido no es solo una historia de la enfermería: es, en cierto modo, una historia de cómo las sociedades aprendieron (o intentaron aprender) a hacerse cargo unas de otras.


Introducción: cuidado y concepción salud-enfermedad

La evolución del cuidado enfermero está estrechamente vinculada a la forma en que cada sociedad ha comprendido el proceso salud-enfermedad. Estas concepciones determinan no solo las prácticas de cuidado, sino también quiénes las ejercen y con qué legitimidad.

Siguiendo a Marie-Françoise Collière (1993), pueden distinguirse cuatro grandes etapas en la historia del cuidado: doméstica, vocacional, técnica y profesional. Estas no presentan límites cronológicos rígidos, pero se corresponden con transformaciones socioculturales del mundo occidental.

♡ Etapa doméstica: el cuidado como sostén de la vida

Desde la prehistoria hasta las primeras civilizaciones, el cuidado se orienta al mantenimiento de la vida. En este período, las explicaciones sobre la enfermedad combinaban lo empírico con lo mágico-religioso: aquello que no podía comprenderse se atribuía a fuerzas sobrenaturales.

Una imagen potente para entender el origen del cuidado proviene de Margaret Mead, quien señaló que el primer signo de civilización no es un objeto, sino un fémur consolidado: evidencia de que alguien cuidó a otro el tiempo suficiente para que sanara.

En las primeras organizaciones sociales, el cuidado recayó principalmente en las mujeres, quienes se ocuparon de:

  • Alimentación, higiene y abrigo
  • Atención de enfermos y heridos
  • Cuidados vinculados a la reproducción (parto, lactancia, crianza)

Esto sentó las bases de la división sexual del trabajo, asociando históricamente el cuidado al rol femenino.

♡ Etapa vocacional: el cuidado como acto religioso

Durante la Edad Media, el cuidado se inscribe en una cosmovisión cristiana. La enfermedad deja de interpretarse exclusivamente como castigo y pasa a concebirse también como prueba o vía de redención espiritual.

El cuidado adquiere un carácter vocacional y religioso, centrado más en la actitud moral que en el conocimiento técnico. Se valoraban:

  • La caridad, obediencia y sumisión
  • La asistencia espiritual (oración, consuelo)
  • La dedicación al enfermo como servicio a Dios

Las cuidadoras (frecuentemente mujeres consagradas) carecían de formación científica. El contacto físico era limitado, privilegiándose el acompañamiento espiritual.

En este período, la enfermería no es aún una profesión, sino una práctica moral y religiosa.

♡ Etapa técnica: el cuidado subordinado al saber médico

Con la modernidad y el avance de la ciencia, la enfermedad comienza a explicarse desde causas naturales. El desarrollo del positivismo impulsa la observación empírica y el surgimiento de disciplinas como la microbiología.

La salud se entiende como lucha contra la enfermedad, y el sistema sanitario se organiza en torno al modelo médico. En este contexto:

  • Surge personal auxiliar o paramédico
  • El cuidado se vuelve técnico y dependiente del médico
  • Se priorizan procedimientos curativos por sobre el acompañamiento integral

En el siglo XIX, la atención sanitaria estaba fuertemente condicionada por la clase social. Los hospitales eran espacios principalmente destinados a los sectores más pobres, y también a la enseñanza médica.

Aquí aparece una figura clave: Florence Nightingale.

Nightingale marca un punto de inflexión al:

  • Introducir medidas de higiene hospitalaria
  • Reducir drásticamente la mortalidad en la Guerra de Crimea (del 40% al 2%)
  • Fundar en 1860 la primera escuela moderna de enfermería en el Hospital St. Thomas

Su enfoque integra observación, ambiente y cuidado, sentando las bases de la profesionalización.

♡ Etapa profesional: la enfermería como disciplina autónoma

Desde la segunda mitad del siglo XX, la enfermería se consolida como una disciplina con cuerpo teórico propio, autonomía relativa y funciones específicas dentro del sistema de salud.

Un hito central es la incorporación de los estudios de enfermería al ámbito universitario (en muchos países hacia la década de 1970), lo que impulsa:

  • La formación académica sistemática
  • La investigación en enfermería
  • La gestión propia de servicios de salud

El contexto contemporáneo está marcado por:

  • Globalización e interdependencia social
  • Envejecimiento poblacional
  • Predominio de enfermedades crónicas
  • Avances científicos (como la secuenciación del genoma humano en 2003)

En este escenario, el cuidado se orienta no solo a curar, sino también a promover la salud, prevenir la enfermedad y acompañar procesos crónicos.

La Declaración de Alma-Ata refuerza este cambio al promover la atención primaria como eje del sistema sanitario.



Siguiendo a Collière, cuidar es un acto de vida, orientado a mantenerla y sostener su continuidad. Esto puede ser de caracter:

  • Individual: autocuidado
  • Recíproco: cuidado hacia otros

Diversas teóricas ampliaron este concepto:

  • Florence Nightingale: el cuidado implica modificar el entorno para favorecer la recuperación.
  • Hildegard Peplau: proceso terapéutico basado en la relación enfermero-paciente.
  • Dorothea Orem: ayudar al individuo a mantener su autonomía.
  • Martha Rogers: interacción armónica entre persona y entorno.
  • Callista Roy: el cuidado facilita la adaptación a cambios.
  • Betty Neuman: enfoque integral frente al estrés y sus variables.
La enfermería es hoy la expresión profesional de una práctica ancestral. Desde el gesto primitivo de sostener a otro hasta los sistemas complejos de salud, el cuidado permanece como una constante: cambia su forma, pero no su esencia :)



jueves, 16 de abril de 2026

La comunicación y el cuidado enfermero

"Supongo que lo que quiero decir es que a veces no sé lo que somos o quiénes somos. Hay días en que me siento un ser humano, y otros en que me siento más un sonido. Toco el mundo no como yo mismo sino como un eco de quien fui. ¿Puedes oírme? ¿Puedes leerme?"

En la Tierra somos fugazmente grandiosos, Ocean Vuong

Introducción

El cuidado supone la esencia de la práctica de enfermería y es entendido como su rasgo dominador, caracterizador y unificador. Es precisamente en el acto de cuidar donde la enfermería encuentra su propósito y su valor esencial. 

Entre las acciones de cuidado, se encuentra la comunicación como parte integradora de la relación de ayuda. El establecimiento de una comunicación influye en la satisfacción percibida por el paciente, quien puede llegar a darle más valor a poder hablar con su enfermero, que otras técnicas, por muy sofisticadas que sean. 

La comunicación consiste en transmitir un mensaje con un significado concreto, de manera que el receptor lo capte e interiorice, atribuyéndole un sentido similar al que tenía para el emisor. El objetivo principal de la comunicación es que ambos, emisor y receptor, logren comprender un significado compartido, llegando a la conclusión de que están hablando sobre lo mismo.

La comunicación es un proceso por el que una persona puede afectar a otra a través del lenguaje escrito u oral, gestos, miradas, expresiones faciales, lenguaje corporal, espacio y otros símbolos. 

Mediante la comunicación verbal transmitimos contenidos. A través de la comunicación no verbal, incluido el lenguaje paraverbal, transmitimos actitudes. Toda nuestra conducta, palabras o silencio, durante la entrevista con el paciente, tienen valor de mensaje y son, por lo tanto, comunicación. 

Realizar una entrevista no debe entenderse como un cumplimiento de un registro, sino como un acercamiento a las necesidades del paciente, considerándose como el primer paso a cuidar con calidad. 


Discusión

Seré enfermera. Trabajaré con las palabras y con el silencio. Con el dolor manifiesto y con el que se ignora. Trabajaré con la vergüenza, con la ausencia y con lo que no se quiere decir. 

Y con el miedo a la muerte. 

Seré enfermera, y todo esto será parte de mi oficio, hasta mi última acción de cuidar. 

Pero hoy soy estudiante. Mi contacto con los pacientes sigue siendo temeroso, breve y dubitativo. Enmascarado bajo la copia del paso de los profesionales que van de un lado a otro, con sus manos veloces e inmediatas. Busco las cosas en el gabinete como si supiera dónde están, leo las historias clínicas mientras anoto las palabras que no conozco y me acerco a la cama asignada por la docente para hacer la entrevista, para preguntar aquello que ya han respondido tantas veces, ¿Cómo pasó la noche? ¿Por qué motivo ingresó? ¿Hace cuánto se encuentra internado? ¿Siente dolor?

Así y todo, lo que más me atraviesa, e incluso me alucina, es la perdurabilidad de las penas infantiles. La huella ardiente que deja la infancia a pesar de los años.  

Una sola vez vi un óbito, algunas veces estuve bajo la luz de un quirófano y habré evadido lo más que pude a los enfermeros con tal de no tener que hablar sobre aquello que no quería aceptar o que simplemente me molestaba. 

Excepto por una noche. La enfermera me despertó suavemente, su voz continúa siendo un susurro en mi memoria. Me tomó los signos vitales y preguntó cómo me sentía. Le respondí a su rostro difuminado en la penumbra: "Extraño a mi papá".

Pasó casi una década de aquello y volví a oír las mismas palabras. Una paciente femenina, poco más de setenta años, ubicada en las tres esferas, cooperadora, comprendía órdenes simples y complejas.    

¿Cómo pasó la noche? Hoy pude dormir bien, pero me da un poco de miedo por todos los cables que me pusieron en el brazo, no me los quiero arrancar.

¿Por qué motivo ingresó? Soy asmática, tuve un resfriado muy fuerte, no podía ni respirar cuando mi hija me trajo acá.

¿Hace cuánto se encuentra internada? Una semana casi, me dijeron que mañana me dan el alta por suerte. 

¿Siente dolor? Un poco en el pecho, pero creo que es angustia. Extraño  a mi papá, él siempre me traía algo cuando me enfermaba, soy de Uruguay, ¿Sabes?.

Una huella indeleble. Miro a los viejos, tienen setenta, ochenta, noventa años, sus padres murieron hace quince, veinte, treinta años, pero el dolor del niño que fueron sigue ahí. Intacto. Puedo leerlo en sus caras y escucharlo en sus voces, apreciar a simple vista cómo palpita en sus cuerpos, en sus venas. 

En circuito cerrado.

Cuando los veo por primera vez, siempre busco la misma imagen: la imagen de antes. Tras sus miradas borrosas, sus gestos inseguros, los cuerpos encorvados o doblados por la mitad, busco al muchacho o a la muchacha que fueron como quien pretende descubrir el esbozo original de un dibujo repasado varias veces con birome. Los observo y me digo: ella también, él también amó, gritó, gozó, nadó, corrió hasta perder el aliento, subió las escaleras de dos en dos, bailó toda la noche. Ella también, él también esperó trenes, subtes, paseó por la avenida, por las calles del sur, bebió vino, se levantó tarde, discutió sobre si existían los ángeles. 

Me conmueve pensar en ello. Voy en busca de la imagen e intento resucitarla, no puedo evitarlo, algo me traiciona.

La comunicación, en su forma más pura, se convierte en un acto de acompañamiento, un refugio donde las personas pueden encontrar consuelo y ser reconocidas en su humanidad, más allá de su condición de enfermos. El verdadero arte de cuidar se encuentra en saber escuchar. 

El aspecto que me toma más trabajo es encontrar el equilibrio entre ser eficiente y ser genuinamente empática. A menudo me siento presionada por la necesidad de hacer preguntas rápidas y seguir los protocolos establecidos, pero al mismo tiempo quiero asegurarme de que el paciente se sienta escuchado y comprendido.

Pero, ¿cómo comprender lo que no entiendo? Es aquí dónde encuentro aquello que me es ameno, recuerdo el verdadero propósito del cuidado: no hablo con una enfermedad, un signo vital o un síntoma, sino con una persona con su historia a cuestas. 

No debo exteriorizar el dolor que el recuerdo me provoca, no debo mostrar sorpresa ni sobresalto, no debo permitir que el cuerpo me traicione con el más mínimo gesto de abatimiento. Mantengo la sonrisa y le cuento que alguna vez estuve en Uruguay, que vi el monumento del ahogado, ¿Lo conoce? 


Daniela Andrade
Cruz Roja, 2024

Bienvenidos

¡Hola! Mi nombre es Daniela. Soy de Buenos Aires y estudio la carrera de Enfermería en la Universidad Nacional de San Martín.

Creé este blog con la idea de compartir mis apuntes y resúmenes con otros estudiantes. La enfermería también se construye en lo colectivo: aprender, acompañarnos y crecer juntos forma parte del camino.

Acá vas a encontrar contenido variado: apuntes sobre cuidados, farmacología, anatomía, epidemiología y otros temas que voy a ir subiendo a medida que avance en la carrera.

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Gracias por pasar por acá.

Y mucho éxito en este recorrido :)