El cuidado supone la esencia de la práctica de enfermería y es entendido como su rasgo dominador, caracterizador y unificador. Es precisamente en el acto de cuidar donde la enfermería encuentra su propósito y su valor esencial.
Entre las acciones de cuidado, se encuentra la comunicación como parte integradora de la relación de ayuda. El establecimiento de una comunicación influye en la satisfacción percibida por el paciente, quien puede llegar a darle más valor a poder hablar con su enfermero, que otras técnicas, por muy sofisticadas que sean.
La comunicación consiste en transmitir un mensaje con un significado concreto, de manera que el receptor lo capte e interiorice, atribuyéndole un sentido similar al que tenía para el emisor. El objetivo principal de la comunicación es que ambos, emisor y receptor, logren comprender un significado compartido, llegando a la conclusión de que están hablando sobre lo mismo.
La comunicación es un proceso por el que una persona puede afectar a otra a través del lenguaje escrito u oral, gestos, miradas, expresiones faciales, lenguaje corporal, espacio y otros símbolos.
Mediante la comunicación verbal transmitimos contenidos. A través de la comunicación no verbal, incluido el lenguaje paraverbal, transmitimos actitudes. Toda nuestra conducta, palabras o silencio, durante la entrevista con el paciente, tienen valor de mensaje y son, por lo tanto, comunicación.
Realizar una entrevista no debe entenderse como un cumplimiento de un registro, sino como un acercamiento a las necesidades del paciente, considerándose como el primer paso a cuidar con calidad.
Discusión
Seré enfermera. Trabajaré con las palabras y con el silencio. Con el dolor manifiesto y con el que se ignora. Trabajaré con la vergüenza, con la ausencia y con lo que no se quiere decir.
Y con el miedo a la muerte.
Seré enfermera, y todo esto será parte de mi oficio, hasta mi última acción de cuidar.
Pero hoy soy estudiante. Mi contacto con los pacientes sigue siendo temeroso, breve y dubitativo. Enmascarado bajo la copia del paso de los profesionales que van de un lado a otro, con sus manos veloces e inmediatas. Busco las cosas en el gabinete como si supiera dónde están, leo las historias clínicas mientras anoto las palabras que no conozco y me acerco a la cama asignada por la docente para hacer la entrevista, para preguntar aquello que ya han respondido tantas veces, ¿Cómo pasó la noche? ¿Por qué motivo ingresó? ¿Hace cuánto se encuentra internado? ¿Siente dolor?
Así y todo, lo que más me atraviesa, e incluso me alucina, es la perdurabilidad de las penas infantiles. La huella ardiente que deja la infancia a pesar de los años.
Una sola vez vi un óbito, algunas veces estuve bajo la luz de un quirófano y habré evadido lo más que pude a los enfermeros con tal de no tener que hablar sobre aquello que no quería aceptar o que simplemente me molestaba.
Excepto por una noche. La enfermera me despertó suavemente, su voz continúa siendo un susurro en mi memoria. Me tomó los signos vitales y preguntó cómo me sentía. Le respondí a su rostro difuminado en la penumbra: "Extraño a mi papá".
Pasó casi una década de aquello y volví a oír las mismas palabras. Una paciente femenina, poco más de setenta años, ubicada en las tres esferas, cooperadora, comprendía órdenes simples y complejas.
¿Cómo pasó la noche? Hoy pude dormir bien, pero me da un poco de miedo por todos los cables que me pusieron en el brazo, no me los quiero arrancar.
¿Por qué motivo ingresó? Soy asmática, tuve un resfriado muy fuerte, no podía ni respirar cuando mi hija me trajo acá.
¿Hace cuánto se encuentra internada? Una semana casi, me dijeron que mañana me dan el alta por suerte.
¿Siente dolor? Un poco en el pecho, pero creo que es angustia. Extraño a mi papá, él siempre me traía algo cuando me enfermaba, soy de Uruguay, ¿Sabes?.
Una huella indeleble. Miro a los viejos, tienen setenta, ochenta, noventa años, sus padres murieron hace quince, veinte, treinta años, pero el dolor del niño que fueron sigue ahí. Intacto. Puedo leerlo en sus caras y escucharlo en sus voces, apreciar a simple vista cómo palpita en sus cuerpos, en sus venas.
En circuito cerrado.
Cuando los veo por primera vez, siempre busco la misma imagen: la imagen de antes. Tras sus miradas borrosas, sus gestos inseguros, los cuerpos encorvados o doblados por la mitad, busco al muchacho o a la muchacha que fueron como quien pretende descubrir el esbozo original de un dibujo repasado varias veces con birome. Los observo y me digo: ella también, él también amó, gritó, gozó, nadó, corrió hasta perder el aliento, subió las escaleras de dos en dos, bailó toda la noche. Ella también, él también esperó trenes, subtes, paseó por la avenida, por las calles del sur, bebió vino, se levantó tarde, discutió sobre si existían los ángeles.
Me conmueve pensar en ello. Voy en busca de la imagen e intento resucitarla, no puedo evitarlo, algo me traiciona.
La comunicación, en su forma más pura, se convierte en un acto de acompañamiento, un refugio donde las personas pueden encontrar consuelo y ser reconocidas en su humanidad, más allá de su condición de enfermos. El verdadero arte de cuidar se encuentra en saber escuchar.
El aspecto que me toma más trabajo es encontrar el equilibrio entre ser eficiente y ser genuinamente empática. A menudo me siento presionada por la necesidad de hacer preguntas rápidas y seguir los protocolos establecidos, pero al mismo tiempo quiero asegurarme de que el paciente se sienta escuchado y comprendido.
Pero, ¿cómo comprender lo que no entiendo? Es aquí dónde encuentro aquello que me es ameno, recuerdo el verdadero propósito del cuidado: no hablo con una enfermedad, un signo vital o un síntoma, sino con una persona con su historia a cuestas.
No debo exteriorizar el dolor que el recuerdo me provoca, no debo mostrar sorpresa ni sobresalto, no debo permitir que el cuerpo me traicione con el más mínimo gesto de abatimiento. Mantengo la sonrisa y le cuento que alguna vez estuve en Uruguay, que vi el monumento del ahogado, ¿Lo conoce?
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