Hubo un tiempo en que enfermar no era una experiencia individual. Era, más bien, una tormenta que caía sobre todos al mismo tiempo.
Claudine Herzlich y Janine Pierret proponen una idea potente: la enfermedad no es sólo un fenómeno biológico, sino una construcción social que cambia con la historia. Cada época tiene sus enfermedades emblemáticas, y con ellas, una forma distinta de entender el cuerpo, el sufrimiento y al propio enfermo.
La peste: cuando no había lugar para el individuo
Durante siglos, las grandes epidemias como la peste o el cólera definieron la experiencia de enfermar. No había tiempo para relatos personales ni para trayectorias clínicas: lo que importaba era la expansión del contagio, el número de muertos, el colapso del orden social.
En ese escenario, el enfermo como individuo prácticamente desaparecía. La enfermedad era colectiva, anónima, devastadora. Las ciudades se vaciaban, las familias se desarmaban y el miedo organizaba la vida cotidiana.
Por eso, las autoras hablan de “enfermedades sin enfermos”: no porque no hubiera cuerpos enfermos, sino porque no había espacio para pensarlos como sujetos.
Entre el pecado y la salvación
A esa experiencia se sumaba una interpretación profundamente religiosa. La enfermedad podía ser vista como castigo, prueba o destino. El foco no estaba en curar, sino en dar sentido: rezar, hacer penitencia, prepararse para la muerte.
El cuidado, en este contexto, no era técnico sino espiritual.
La tuberculosis: el nacimiento del enfermo moderno
Fotografía: Fox Photos/Getty Images
El siglo XIX introduce un cambio silencioso pero decisivo. Con la tuberculosis, la enfermedad deja de ser una irrupción brusca y pasa a ser una presencia prolongada.
El enfermo ya no muere en días: vive durante años con su condición. Aparecen los sanatorios, los tratamientos largos, las rutinas de cuidado. Y con eso, algo nuevo: una identidad.
El enfermo empieza a existir como sujeto. Tiene tiempo, historia, vínculos, una biografía atravesada por la enfermedad. La medicina también cambia: observa, clasifica, acompaña procesos.
Ahí nace, en gran medida, la figura del paciente moderno.
Enfermedad y moral: el peso del estigma
En paralelo, enfermedades como la sífilis muestran otra dimensión: la carga moral. No sólo se enfermaba el cuerpo, también la reputación.
La enfermedad podía marcar socialmente, señalar, excluir. Algo que, con otras formas, todavía resuena en la actualidad.
El presente: vivir con la enfermedad
Hoy, las enfermedades crónicas como el cáncer o la diabetes configuran un nuevo escenario. Ya no se trata necesariamente de morir rápido, sino de vivir durante años con tratamientos, controles y cuidados constantes.
El enfermo no queda fuera de la sociedad: trabaja, estudia, sostiene vínculos. Pero su vida está atravesada por una relación continua con el sistema de salud.
La enfermedad se vuelve parte de la identidad.
Una idea para quedarse
Mirar la historia de la enfermedad es, en el fondo, mirar cómo cambia nuestra forma de vivir.
De la peste que arrasaba sin rostro, a la tuberculosis que dio tiempo al relato, hasta las enfermedades actuales que se integran a la vida cotidiana, hay un hilo común: no sólo cambia qué nos enferma, sino cómo entendemos lo que nos pasa.
Y ahí, en ese cruce entre cuerpo, sociedad y sentido, se juega también el trabajo en salud.
Porque cuidar no es sólo intervenir sobre un organismo. Es, también, comprender la historia que ese cuerpo trae consigo.
Bibliografía:




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